CUENTO FANTÁSTICO



Ayer, desde la montaña,
vi un camino en el trigo
allá abajo, en los campos.

Hoy me paro en ese camino.
Veo la montaña a lo lejos
y sé que sigo allí arriba
mirándome,
o si no ahora
no lo sabría.





Polilla



A veces parece que los árboles te esperen, y corres. Y cuando llegas a su sombra ya no dicen nada.

Y el sol te recuerda al verano, tirándote del pelo como una riña en broma, al verano del cristal del mar demasiado grande entre las manos.

A veces te reclama una chica desde hace años, escondida tras la tapia de los años, porque piensa que tú sigues detrás. Y tus oídos, ahora antiguos, la han desaprendido y no entiendes su voz, que llega migrada, da tumbos y cae.




Sueño del 22 de enero: Los xenófobos


En la calle, se nos acercan unos repartidores de panfletos xenófobos. Se trata de una rama radical de la CUP, llamada MST, que querría expulsar a todos los no catalanoparlantes. Enseguida vienen otros repartidores, un chico y una chica peruanos, que reparten menús de restaurante, y nos preguntan, sonriendo, si estamos interesados en combatir la xenofobia; se trata de una burla contra los mensajes de la MST. Nos hacemos amigos. Nos sentamos a charlar en una mesas de picnic en un parque, en la plaza Francesc Macià. Hablamos del nacionalismo catalán, yo digo: 'Cuando un pueblo tiene una pasión, la moral baja.' Se quedan muy impresionados. Les digo que justamente la frase es de un escritor catalán, Josep Pla. A uno le gusta tanto que la escribe en el lomo que forman las hojas de un libro cerrado. A mi lado hay un enorme ordenador, asegurado a la mesa con varias maderas. Se trata del ordenador de Carme Balcells (aún vive), que tiene su mesa de trabajo en aquel parque y que llega al poco para unirse a nuestra conversación.


Pozos



Ahí estás de nuevo, insistiendo ante pozos sellados. O es que están abiertos y secos para tus manos, y nada sabes izar en ellos.

O es que las personas no son fondos hacia donde apuntar tu sed. Y si miras bien adentro y no ves un reflejo, tu cabeza recortada contra el cielo, te enfadas, eres injusto, les niegas el saludo. Y te das toda la razón para seguir caminando por el desierto.


Sueño del 30 de diciembre

Estoy en casa de mis abuelos, solo, y es la hora de comer. Decido hacerme unos espaguetis, y empiezo a prepararlos en un vagón de metro de la línea amarilla. Mientras la pasta se cuece no sé dónde, dispongo una televisión y un taburete para mirar algo mientras como, pero la presencia de los otros pasajeros me hace dudar de la conveniencia de esto. Me da vergüenza. Estoy además pendiente de no pasarme mi parada. Miro continuamente el mapa de la línea pero soy incapaz de leer los nombres de las paradas. Pienso: 'Este es el tipo de cosas que me pasan en los sueños.' Me doy cuenta entonces de que voy en la dirección opuesta, y me bajo en una parada que está fuera de la ciudad. El nombre de la estación es 'Los sarracenos' o 'Los nibelungos', puesto que de allí empieza una ruta histórica de una civilización cuyos restos pueden visitarse en la montaña. Camino por el andén y veo que parte de la vía está bajo un estanque, aunque eso no impide su uso. Del agua además sale un gran árbol hecho de dos o más troncos enredados entre sí. El reflejo de este árbol tiene alguna importancia para mí que no sé concretar. Decido hacer la ruta histórica. El punto de inicio está dentro de un edificio destartalado, en ruinas, lleno de chatarra. Delante de mí avanzan unas turistas americanas que no están muy convencidas de que las escaleras sostengan su peso. Yo también pienso que el lugar es peligroso, y antes de empezar a caminar suelto el tenedor con el que iba a comer y que, al parecer, había sostenido todo el tiempo.


CORDONES


A los seis años aún no sabía atarme los cordones de los zapatos. Así que en la hora del patio, si sucedía la desgracia de que se desatasen, tenía que buscar a alguien que me ayudara. Pero no recuerdo haber buscado nunca a la maestra. En el enorme patio, al mediodía, buscaba siempre a una niña de clase para pedirle que me hiciera de nuevo el nudo. No para enseñarme: me conformaba con hacerme cinco nudos continuos mientras la encontraba, y caminaba con sendas trenzas saltando en los zapatos. Sabía que ella sabía atarlos. Y cuando la encontraba, con paciencia ella se arrodillaba y rápidamente hacía y deshacía. El niño de pie, la pequeña madre de rodillas. Se llamaba Elisabet Español. Pasamos toda la vida en el mismo colegio. Una vez, ya mayores, nos enfadamos por una tontería y nunca más nos hemos vuelto a hablar.